¿QUIERES CONTACTAR CON NOSOTROS?
Información y Contacto:
LAS MUJERES DEL SANTO

Desde pequeño he visto cómo mi madre, junto a mi tía María la de Joaquín y otras mujeres, subían en las vísperas de las fiestas a arreglar el Santo. En la Iglesia estaban Teresita Jesús, Josefita Marín, María Teresa, Francisca la de María Sopa con sus hermanas Fermina y Josefa, Teresa la de Rafaela, Josefita la de Ramón, Mariquita la Pata, Milagros y otras que no alcanzo a recordar. El Santo se ponía en el paso, labor que realizaban algunos hombres del pueblo por lo pesado de la misma y para que la imagen fuese lo más sujeta posible al trono. Luego se adornaba con lo que había: lentiscos, ramos, rosas de pitiminí y rosas rojas que otras mujeres mandaban junto con azucenas de las antiguas que cultivaban en sus corrales. Más tarde empezaron a ponerle claveles de diferentes colores, que nunca supe muy bien de dónde venían, pero que siempre será una flor que asocie al calor de agosto, al olor a pólvora y a las luchas en la calle.

Arreglado el Santo por aquella mujeres y supervisado su trabajo por los hombres de la Comisión de Fiestas del pueblo, se procedía a una limpieza orquestada del templo; se daban bajeras de cal, se limpiaban los candelabros de cobre, los altares, los bancos de madera y el Sagrario. Un olor a lejía y jabones llenaba toda la estancia, mientras las mujeres hablaban de los preparativos para las fiestas, de lo que iban a guisar, de los familiares que venían o de los que estaba lejos y no podían asistir al acontecimiento.

De aquellos años me acuerdo de mujeres que ya no están entre nosotros, de hombres que tuvieron que partir y de gente que solo se acercaban a mirar con dulzura la imagen del patrón del pueblo. En mis recuerdos está Jesús poniendo las flores, Manolo que sujetando la imagen y Vicente el de Teresina, en un ritual particular de amor, amarrando su pañuelo blanco a las agarraderas del paso para señalar el lugar donde iba a ponerse en la procesión.

Y el Santo se quedaba a las puertas de la Iglesia, donde más de una vez vi como las mujeres le ponían velas, o le pedían cualquier cosa. Con los años he visto la veneración que se le tiene a la imagen y sus avatares en el tiempo. Más de una vez se cayó del paso por los vaivenes que le daban en su recorrido al compás de la banda de música, y era llevado a la Cooperativa para ser arreglado, aun así nunca le ocurrió nada. Tras la procesión el Santo era colocado en casa de María García, quien hasta su muerte le tuvo una profunda fe y nunca dejó de llevarle flores y velas, en esa religiosidad que envuelve los pueblos. A esa casa los niños y niñas íbamos a echarnos fotos delante de él, si bien antes de su llegada, también nos ponían sobre el paso en El Nacimiento, un rito que casi que todas las madres y padres alguna vez han realizado con sus hijos.

Con el tiempo el Santo tuvo su capilla, un lugar donde se guardaba durante las fiestas y donde vi muchas veces a dos mujeres que tendré siempre en mi memoria. Ana Lamela Palma, que ya no está entre nosotros, y que dedicó muchos años de su vida a limpiar, adornar y mantenerla como si de su propia casa se tratara. Nunca he visto la capilla sin flores, sin velas y sin una limpieza pulcra y ordenada. Hoy es un lugar muy visitado para contemplar la imagen del patrón que allí se conserva. La otra es Milagros la de Atanasio, que sigue limpiando la capilla, que sigue limpiando la Iglesia y que sigue, a pesar de sus años, manteniendo viva la veneración al Santo de Padua. Milagros limpia los paños, los cobres de los candelabros, pone las flores y todos los detalles que hacen que nuestra Iglesia siga teniendo ese sabor a labores de pueblo. El santo sigue teniendo velas en su altar, ramos de novias sobre sus pies, visitas de lugares lejanos y peticiones de sus devotos.

Ahora que existe una Agrupación Parroquial, he visto también como otras generaciones, guiadas por la paciencia de Fernandín, la ayuda de Sema, de Ana Mari y muchos otros, siguiendo las directrices marcadas por María Calvillo y Milagros, nos van inculcando el culto al Santo.

A veces, en el silencio de la Iglesia, cuando se cierran las puertas y se apagan las velas de los altares, me ha parecido ver una sonrisa en la cara de la imagen, y es que a San Antonio le cambia la cara cuando llega el mes de agosto. La imagen cambia como si supiese que pronto va a bajar al pueblo, se va a quedar en la Capilla y va a caminar con su gente por las calles. Quizás al Santo le gustan los pasodobles y compases de la banda de música, los pasos de las mujeres a su lado, los gritos de las luchas entre moros y cristianos, el sonido de las campanas y el olor a pólvora en la sierra. Quizás ha visto como su imagen ha inundado la mayoría de los rincones de Benamahoma. Es significativo que existan tantos “Sanantonios” en el pueblo; el Santo oficial que se custodia en la Iglesia, el de los niños y niñas que se encuentra en una capilla a las afueras del templo y que sigue visitando la casa de María García, el que ubica en la Capilla de la Alameda, el del Camino del Nacimiento, el de la puerta de Pepa Sellez, el de la puerta de Morales, el de la casa de Gregorio Horrillo en la calle La Parra, o el azulejo que se conserva en la Casa del Martinete… pero sobre todo, el que muchos vecinos y vecinas tienen en la intimidad de sus casas, en los almanaques que tanto difundió Mariquita Marín, en forma de medalla o en los cuadros antiguos que representan a la imagen.

El Santo de las Tierras de Padua, el Santo que predicó en Marruecos y Portugal, el que ocupa un lugar en muchas iglesias de la tierra es el patrón de Benamahoma, el que procesiona el 13 de Junio con balcones y ventanas engalanados, el que va en carreta de bueyes a la Romería en los Llanos del Campo y el que es símbolo de una fiesta y de la expresión religiosa de su gente que lo siguen venerando y queriendo como sus antepasados.